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DE QUE GUSTA ... GUSTA














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“DE QUE GUSTA … GUSTA” -revista musical de operetas escrita y dirigida por Alfonso Menéndez- logró hilvanar de una forma novedosa lo mejor de este género imperecedero. Selecciones de “La Duquesa del Bal-Tabarín”, “La Casta Susana”, “La Viuda Alegre”, “El Conde de Luxemburgo”, “El asombro de Damasco”, “Eva” y “Mi bella dama”, formaron parte de esta puesta del Teatro Mella en octubre de 1984.

 

NOTAS DEL PROGRAMA

 

ROSITA FORNÉS. Así con mayúsculas. Dúctil en su trabajo escénico; los que hemos seguido su triunfal carrera y la hemos aplaudido en distintos géneros, como la comedia, la zarzuela española, la cubana; llegamos a la conclusión que si ha brillado en todos ellos, ha sido la opereta donde más ha sobresalido. Rosita nació para interpretarla. Sin chauvinismo ridículo afirmo que este género encontró en ella uno de sus más altos intérpretes.

Eduardo Robreño

CRITICAS

 

Se halla Rosita en un magnifico momento de su carrera donde gracias a la diversidad de géneros en los cuales sus facultades artísticas le permiten incursionar, ha logrado conciliar roles tan opuestos como el personaje de la Gloria para “Se Permuta”, el de Violeta para “Confesión en el barrio chino” o los de interprete de canciones y operetas cubanas e internacionales, y en todos, conseguir salir airosa.

Prueba tan compleja ella la ha sorteado con la seguridad que brindan la madurez y experiencia en el arte.

A la sofisticación de Madame Frou-Frou, a la elegancia de Ana de Glavary o a la picardía de Zobeida, agregó la vis cómica y la sabiduría para el monólogo escrito para ella hacia el final de la obra. Aquí ha reafirmado una vez más su clase y el porque el pueblo la considera la primera vedette de Cuba.

Neysa Ramón
















ALFONSO MENÉNDEZ
recuerda el inicio de su relación profesional con
ROSITA FORNÉS

Conocí a Rosa personalmente a mediados de 1983, en casa de Lupe, su mamá, allá por el río Almendares, en la calle 28 entre 13 y 15. De manera muy rápida logré mi propósito, que era explicarle el proyecto que llevaba bajo el brazo y con el cual pretendía debutar como director artístico: un espectáculo que, ingenuamente, aspiraba a tenerla como protagonista.

Me citó para el día siguiente en su casa del Nuevo Vedado, frente al Zoológico. Sería esa la primera de cientos de veces que subiría hasta aquel quinto piso, donde siempre me recibía Micaela por la puerta de servicio, pues raramente se accedía al apartamento por la entrada principal.

Llegué con una maqueta al hombro, algo desarmada por el viaje en la ruta 119, más el guion y los diseños de vestuario realizados por José Luis González -creo que aquella fue su primera incursión en el trabajo de escena. Rosa se sentó ante mí, tan tranquila, atenta y respetuosa, que me sentí el mortal más indefenso y atrevido.

Hasta ese momento nunca había visto un escenario por dentro, un camerino, una vara de luces, de tramoya ni mucho menos tratado con artista alguno. Tenía ahora a la Fornés al alcance de la mano, solos los dos en su inmensa sala-comedor y dispuesta, creo yo, a observarme, quizás con una gran interrogante.

Tartamudo y tembloroso, comencé a explicarle el espectáculo. Evidentemente, notó mi nerviosismo, porque de pronto me interrumpió, tratando de infundirme algo de tranquilidad y confianza: «¿Hiciste la maqueta tú mismo?, te quedó muy bonita, ¡me gusta!». Solo esta acotación -ella lo sabía- bastó para que me sintiera Zeffirelli y continuara mi narración más cómodo y atinado.

Mientras me atendía con sorprendente modestia, su cara, y sobre todo su mirada -que mantuvo todo el tiempo que duró mi exposición-, fueron muy semejantes a las de la maestra de preescolar ante el dibujito rudimentario de un alumno. Llegaron entonces las preguntas que debí sospechar desde un inicio y a las que respondí como adolescente sorprendido in fraganti. El diálogo fue exactamente así:

-¿Y quién te va a hacer las luces?

-Yo... las diseño yo.

-¿Eres diseñador de luces?

-No, no...

-Pero tú has dirigido antes...

-No, Rosa, no.

-¿Y con qué orquesta piensas hacer esto?

-Con la Orquesta de la Televisión; el maestro Mario Romeu la va a dirigir.

-Hay números que quieres que yo haga, que llevan coros.

-Sí, Octavio Marín me va a ayudar con el del ICR.

-¿Y en qué teatro tú piensas hacer esto?

-En el Mella, Rosita; Sergio Vitier ya me dio fecha y presupuesto.

-Entonces ¿tú quieres que yo sea la figura central de tu debut como guionista, diseñador de luces, de escenografía, director y productor...?

No me atreví a responder, aterrado y casi seguro de una negativa.

-¿Dónde serán los ensayos? ¿Cuándo quieres estrenar esto?

-Mire, Rosa, Armando Rojas, el director de la Casa de Cultura de Calzada y 8, me dio su sala teatro para ensayar todos los días de 2:00 a 5:00 pm. El estreno es el 6 de octubre.

Ahí terminó nuestra conversación. No hubo de su parte ni un sí ni un no, se las ingenio magistralmente para dejarme con una casi conformidad no pronunciada. Tomé su ambigüedad como un rotundo sí, y me atreví a comenzar los ensayos con la Orquesta de la Televisión en los estudios de la emisora Radio Progreso.

A las pocas semanas, llegó el momento en que el maestro Mario Romeu me conminó: «Llama a Rosa y dile que ya puede venir a pasar algunos números». Le pedí de favor que la citara él, pues no me atrevía a llamarla. Al día siguiente, en los ensayos de la orquesta, tampoco me atreví a indagar con Mario.

Habíamos afrontado problemas con uno de los números que conformaban el repertorio: el dúo de los personajes Ben-Ibhen y Zobeida de la opereta El asombro de Damasco. En los archivos aparecía la orquestación, pero faltaban la introducción y los primeros cuarenta compases de los cantables. Ya me había advertido el maestro que la pieza no podría ir, cuando al comenzar el ensayo escucho que Mario ataca la introducción completa del dúo. Me miró y se echó a reír: había instrumentado los compases faltantes en hijuelas. Para rematar mi asombro, Rosa, acabada de llegar, al escuchar la orquesta comenzó a cantar desde las lunetas mientras avanzaba hacia el maestro con un desenfado impresionante:

Comer cerdo prohíbe Mahoma,
porque al cerdo le tiene ojeriza.
Y es que el pobre nació mucho antes,
del invento de la longaniza.
Cumpliendo los preceptos,
que Alá imponernos quiso,
irás cuando te mueras,
derecho al paraíso.
Allí tendrás placeres,
allí muy bien se está.
Allí tendrás mujeres y allí:
jámala, jámala, jámala, jámala, ja.

Rosa continuó el ensayo sin reparar en mí. Se pasaron: «Cuarteto» de La casta Susana, «Las percheleras» de Las musas latinas, y cuando el maestro comenzó con la introducción de la «Salida del conde Danilo» de La viuda alegre, ella interrumpió:

-¿Quién va a cantar esto?

-Usted, Rosa -dije-; recuerde que se lo expliqué.

-Pero eso lo canta en la obra el barítono.

-Si Rosa, pero yo quiero que usted salga vestida de hombre a hacerlo.

-Yo nunca he cantado eso, no me lo sé. A ver, maestro, márqueme la entrada...

Y cantó la «Salida de Danilo» de arriba abajo.

Terminado el ensayo, se me acercó:

-Bueno, ¿ya estás contento?

Nunca supe hasta qué punto Mario Romeu intervino como mediador, si Rosa no se encontraba totalmente convencida de ponerse en las manos del aficionado que era yo entonces, pero supongo que en algo ayudó porque él, cascarrabias y de muy pocas palabras, me hizo esta observación en presencia de ella:

-Si yo hubiera sido como tú, hoy sería un pianista de fama mundial, pero no tuve tu ímpetu.

Así comenzó mi carrera y nuestro estrecho vínculo de trabajo, admiración mutua y gran cariño, a lo largo de más de 25 años. Fueron innumerables mis espectáculos con Rosa, así como las largas charlas hasta bien avanzada la madrugada sentados a la mesa de su cocina frente a una taza de café con leche.

Esta relación me permitió conocer profundamente a la Rosita Fornés de la bata de casa, los rolos, el gazpacho y los espaguetis con atún. También su bondad, sus inseguridades, sus arranques violentos, su inexplicable sencillez, su capacidad de perdonar, su ingenuidad inteligente y, sobre todo, su gran calidad humana.

La familiaridad y confianza que surgió entre nosotros propició que llegara a escuchar de Rosa algunas confesiones y anécdotas sorprendentes, y otras que ponían al descubierto una capacidad de análisis que ciertamente contrastaba con su imagen de plumas y lentejuelas. Quizás fueron momentos en los que sintió la necesidad de exteriorizarse, y era yo el interlocutor disponible.

Compartimos situaciones simpáticas, también de profunda reflexión, tristes o aleccionadoras, muy oportunas para aprender la ciencia de desenvolverme en el medio artístico, que tan difícil se me hizo al comienzo. Fue además la encargada de darme clases magistrales al respecto, con unos cuantos porrazos.

Nos encontrábamos un día cambiando de lugar una de sus gigantescas e intocables macetas, cuando apareció en la terraza alguien que venía de la Embajada de México en Cuba, a entregarle varios casetes con gran parte de su filmografía en los Estudios Churubusco Azteca, pertenecientes a las décadas de los años 40 y 50. Almorzamos y enseguida escogió una de las cintas para visionarla. Se trataba del filme Tin Tan en La Habana, en el que ella y Armando Bianchi compartían roles principales con el famoso cómico mexicano. Al aparecer Armando en pantalla, dio pausa al video y exclamó: «¡Qué lindo eras! ¡Qué guapo! ¡Cómo te quise!».

Armando Bianchi murió en 1981, no llegué a conocerlo personalmente, pero no caben dudas de que entre ellos hubo un gran amor.

En medio de un ensayo del unipersonal Ser artista, que escribí especialmente para ella, sucedió algo conmovedor.

El espectáculo terminaba con un monólogo que Rosa interpretaba retirándose el maquillaje.. La idea era precisamente despojarla de todo artificio para darle intimidad y veracidad a aquella suerte de confesión. Uno de los parlamentos finales decía: «... en los escenarios he perdido y encontrado un sinfín de cosas; por ejemplo, encontré el cariño del público, pero perdí a mi compañero...». Al comenzar el segundo pase, ella no aparecía; fui hasta su camerino y allí estaba, llorando. Me tomó la mano:

-Diciendo ahora tu monólogo me di cuenta de que el trabajo y los compromisos no me han dejado llorar la muerte de Armando, y han pasado ya nueve años.

Otra de sus características sui géneris fue la de sorprender con momentos de tal despiste que provocaban una hilaridad que disfrutaba a la par de los demás.

En el monólogo que le escribí sobre La casa de Bernarda Alba, interpretaba todos los personajes y lo hacía de manera tan magistral, que me propició el premio UNEAC del Concurso Nacional de Escenas Líricas en 1989. «Sales a tus tías blancas y untuosas, que ponían ojos de carnero al primer piropo de cualquier barberillo...», decía Bernarda, pero en una presentación en el Teatro de la Ciudad, en México DF, ella soltó: «...ojos de carnero degollado». Su «aporte» a los textos de Lorca me hizo dar un brinco en la luneta. Terminada la función, cuando fui a regañarla, no me dejó hablar:

-Sí, ya sé que dije «carnero degollado». ¿Tú crees que se hayan dado cuenta?

Nos miramos y soltamos una carcajada.

Este otro lance, del cual no fui testigo pero que supe de buena tinta y ella me corroboró, es delicioso.

Se presentaba en el teatro García Lorca (hoy Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso) la zarzuela de Ernesto Lecuona María la O, y la Fornés alternaba las presentaciones con otra solista -tan malintencionada, que se había ganado entre sus compañeros el apodo de La Venenito-, a quien se le ocurrió comentarle «ingenuamente»:

-Ay, Rosa, si yo tuviera tus piernas, estaría actuando en el Olimpia de París.

La respuesta no demoró ni un segundo:

-Y si yo tuviera tú voz, cantaría en la Scala de Milán.

Era de esperar que la Rosa afable conocida por todos también supiera defenderse como la que más y darse su lugar cuando era necesario, porque, según me contó en una oportunidad, al llegar a Cuba en 1952 todas eran vedettes y nunca se metió con ninguna:

-Hacia mi trabajo, pero si un empresario trataba de imponerme a alguna de sus amiguitas, le llenaba el camino de piedras.