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ROSITA FORNÉS














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ROSITA FORNÉS

Vino a descansar de seis meses de trabajo agotador en México...
Viene tan contenta, que está deseando volver...
Cuando Don Galaor le preguntó si está enamorada en México, tomó un Cantinflas
de madera de sobre una mesa y lo retuvo en sus manos...
Asegura, sin embargo, que existe entre ella y el cómico genial de México,
una buena y cordial amistad...
Ha filmado con Peón la película "Se acabaron las mujeres" y
filmará en agosto "Entre sedas y lagrimas"...

Por G. BARRAL


Después de una larga ausencia en México, Rosita Fornés ha venido a La Habana a pasar una breve temporada de descanso al lado de sus padres y hermanos.

- ¿De descanso ha dicho? ¿Tanto ha trabajado usted en México, Rosita?
- Si señor. He dicho de descanso. Vengo de trabajar intensamente, de una manera agotadora. Primero en el teatro "Arbeu", después en el "Lirico" y en la película "Se acabaron las mujeres"...

- ¿De modo que hubo una película?
- Con Ramón Peón de director. Y habrá pronto otra, que se llamara "Entre sedas y lágrimas".

- ¿Qué tiempo duro su estancia en México?
- Seis meses.

- ¿Y viene usted contenta?
- Tan contenta, que estoy deseando volver.

- ¿Qué dice?
- Lo que usted oye: Que estoy deseando volver.

- Eso puede querer decir que además de irle a usted muy bien en México, está usted enamorada.
Dije esto sin levantar la vista de mis apuntes, para no obligarla al gesto indispensable de defensa, de asombro o simplemente de negativa. No recibí respuesta inmediata. Pero cuando volví a mirarla, después de anotar algo de lo que me había dicho, Rosita tomaba de sobre la mesita de cristal que nos aislaba del resto de la sala de su casa, un Cantinflas de madera.
Yo fui entonces el asombrado, y pregunté poniendo convicción en la pregunta...

- ¿Entonces es cierto...?
- ¿Qué?

- Lo que se dice...
- ¿Y qué se dice?

Vacilé. Comprendí que no era así como debía llevar mi interrogatorio. Solemnemente, ordené en silencio mis palabras y las fui diciendo como un maestro que explicase sin prisa su lección:

- Vamos a ver. Usted dijo, ¿recuerda? que está deseando volver a México. Entonces, yo, que conozco a los cubanos y a las cubanas, que se pasan la vida añorando volver a su tierra cuando se van lejos, hice esta observación:
"Eso puede querer decir que además de irle a usted muy bien en México, está usted enamorada..."
¿Lo oyó usted que lo dije?
- Si.

- Bien. Yo esperé que usted respondiera, pero su respuesta fue coger ese muñeco de madera, que es un Cantinflas en miniatura, y yo me asombré: por eso le pregunté a usted si era cierto...
- ¡Ah, sí! Ahora comprendo. Fue un movimiento instintivo. Si esto fue lo que lo lleno de asombro, con volver a dejar a Cantinflas de madera sobre la mesita, queda solucionado el problema.

- ¿Nada más?
- ¿Hay algo más?

- Si.
- ¿Qué?

- Que me diga bien claro que pasa entre usted y Cantinflas.
- No pasa nada, sino una buena amistad.

- ¿Muy buena?
- Excelente. Una amistad cordialísima.

- Esa sortija de brillante es la que él le regalo?
- No.

- ¡Ah es otra! ¿Dónde la tiene?
- No, no es otra, ni la tengo. No hubo, no existe tal sortija.

- Pues aquí se dijo...
- Mí querido Barral... Aquí por lo que he podido saber a mi llegada se han dicho muchas cosas...

- Pero usted tomó el Cantinflas de madera cuando yo le pregunté si estaba enamorada...
- Y lo dejé cuando me enteré de la interpretación que usted dió a ese gesto mío, en el que no puse intención ni malicia. Yo dije que estoy deseando volver a México, porque me he acostumbrado de tal forma a la vida de trabajo de allá, que ya no me hallo en La Habana.

- Quiere decir que la hemos perdido a usted?
- No. Yo no diría tanto. Yo seguiré sintiendo por La Habana un cariño profundo. Aquí he nacido. Aquí me he educado. Aquí he iniciado esta carrera que tantas satisfacciones me proporciona. Aquí están mis padres y mis hermanos y mi familia, y ustedes, mis amigos, a los que no olvido tampoco, a los que no olvidaré por mucho que me abrume el triunfo. Pero comprenda usted, que artísticamente, México tiene una vida de más amplios horizontes que La Habana. Allá, se hacen dos funciones diarias en los teatros, y si hay filmación, desde las seis de la mañana hay que estar en pie para llegar al estudio, maquillarse, actuar ante la cámara... A las cinco se sale del estudio. Si también se tiene teatro, a las seis empieza la función de la tarde, y se sale a la una de la madrugada de la función nocturna.

- ¿Y se gana mucho dinero?
- ¡Mucho dinero!

- ¿Mas que en La Habana?
- ¡Mas! ¡Mucho más!

- ¿Cuánto calcula usted que ha ganado en México durante estos seis meses?
- Ya lo he olvidado.

Rosita esta sentada junto a mí, en el sofá tapizado de seda floreada. Una rica túnica, vaporosa, envuelve la maravillosa estatuaria de la artista. Su pelo, del color claro del oro, se empina en ondas apretadas, dejando libre el óvalo de su cara, para que brillen más verdes los lagos inquietos de sus ojos.
Es una Rosita Fornés distinta a la que se fue hace seis meses. Más serena, más segura de sí misma. Sin dejar de sonreír, sin dejar de aquilatar con sana alegría el lado humorístico de las cosas, se advierte en ella, en cuanto se le escucha hablar unos minutos, un más estricto sentido de la responsabilidad.

- ¿Qué se ha encontrado a sí misma en México? Quizá sea esta la explicación del gran dominio con que administra sus juicios y establece las distancias entre lo que está bien y lo que no lo está.
Por ejemplo, yo le pregunté:

- ¿Con cuál de los dos directores cinematográficos que la dirigieron a usted le gusta trabajar más? ¿Con Chano Urueta, de la película "Deseo" o con Ramón Peón de "Se Acabaron las Mujeres"?
Y ella, sin darle importancia, me respondió:
- Con los dos.

- No le he hecho la pregunta, Rosita para que usted rehuya la respuesta tan fácilmente. Tengo leído mucho sobre Urueta. Sé que tiene fama de hombre difícil.
- ¿Y qué? Yo he descubierto trabajando con Urueta, que nada hay más fácil que trabajar con un hombre difícil.

- Como frase no me parece mal.
- Se lo explicaré mejor. El señor Urueta es un hombre muy inteligente. Ha hecho en el cine mexicano cosas extraordinarias. Ha sabido inspirar un gran respeto por su carácter, que está en potencia equiparado a su genio artístico. Por lo mismo que ha llevado al cine momentos verdaderamente excepcionales ha tenido que defender sus procedimientos con gran entereza. No le negaré que al principio tuvimos nuestras diferencias, pero al cabo del tiempo de estar trabajando bajo su dirección se acaba por comprenderle.

¿Y Peón?
- Peón es sencillamente un hombre encantador. Su carácter es siempre igual, en el trabajo y fuera de él. Y cuanto mayores son las dificultades que origina el propio trabajo, más hará él por mantenerse sereno y cordial.

¿La han oído ustedes? De esta forma es fácil comprender como Rosita ha sabido equilibrar sus opiniones, haciendo justicia por igual a dos directores diametralmente opuestos en el concepto cinematográfico y en la manera de producirse frente a la obra en creación.

Yo conocí a Rosita Fornés en los inicios de su carrera. En su casa sus padres, accedieron a dejarla presentarse en la Corte Suprema del Arte, seguros de que se trataba de un capricho de muchacha, y que los anos acabarían no solo por alejarla del teatro sino olvidarlo.

En una interviú de hace nada más que cuatro años, supe que los padres tenían aún la esperanza de que Rosita siguiera la carrera que estudiaba cuando opto por cantar por la CMQ: la del comercio. No es necesario que yo lo repita ahora, pero es el caso que desde entonces, no ha dado un solo paso atrás en sus intentos. Cada nueva intentona ha redundado en un gran triunfo para su nombre artístico. Y del estudio radiofónico saltó al escenario de la zarzuela y la opereta. Y de éste, al drama romántico. Y del drama a la comedia frívola.

Cuando todo lo tuvo hecho con eficiente acierto en La Habana, tomó el avión y se plantó en México. De allá nos viene ahora convertida en una maravillosa vedette de revista, consagrada en los teatros "Arbeu" y "Lirico", y definitivamente situada en la pantalla.

- ¿Y después de México, Rosita?
- Pues, ya veremos. Ya le dije que me siento en México como en mi casa. Pero no por eso dejaré de estudiar la conveniencia de aceptar proposiciones que tengo para España y también para la Argentina.

- ¿Teatro?
- Teatro y Cine en España. Para el teatro "Maipo" de Buenos Aires, en la Argentina.

- ¿Qué sería lo que la detendría para no aceptarlas?
- Los proyectos que hagan con respecto a mí los empresarios teatrales y los productores cinematográficos de México.

- ¿Nada más?
- Nada más.

- ¿Y el amor?
- No hay amor.

- ¿Y si surgiera?
- No precise usted, por favor. No estreche usted el cerco. No ponga difíciles mis respuestas. Quiero seguir en mi carrera. Quiero triunfar. El teatro exige todos las días un poco mas y es preciso dárselo si no queremos estancarnos.

Don José, el padre de Rosita, que tanto luchó por evitar que la hija adoptase el teatro como profesión, y que ahora es su admirador número uno, trajo un vino español que se cuela solo. Tomamos Vales y yo mientras Rosita iba a vestirse para salir.

La conversación se generalizó sobre los mismos tópicos. El teatro, el cine, el radio, La Habana, México, la Argentina, España...

Cuando salimos al portal, en la baranda que da sobre el jardín, el Cantinflas de madera parecía filosofar, abandonado.

- ¡Mire eso! ¡Lo hemos olvidado!

Rosita lo contempló con una sonrisa indefinida en sus labios admirables. Yo todavía le pregunté por ver si le contrariaba:
- ¿Dialoga usted mucho con él?
- ¡No sea majadero!

Pero siguió contemplándolo. Y yo insistí:
- ¿Qué le dice?
Y ella, sin contrariarse, como siguiéndome la corriente, encarándose con Cantinflas de madera, le pregunto:
- ¿Qué es lo tuyo viejo?

Y Vales sorprendió el gesto y la frase lente adentro...
- La risa de Rosita Fornés estalló en una escala de trinos. Alegres, sin rencor, como si se hubiera alegrado de la travesura de Vales. Y no hizo comentarios. ¿Para qué? Ella sabe la verdad. ¡Y que la gente diga! Y que sigan haciendo conjeturas sobre lo que haya de cierto allá dentro, en lo profundo de su alma.

Tomado de la
Revista BOHEMIA, La Habana, CUBA
23 de Junio de 1946
Páginas: 54, 55 y 58