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¿Una Rosa a destiempo?














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¿Una rosa a destiempo?

 

 

Por Norge Espinosa Mendoza,

La Habana

 

 

Parece que el olvido cubano, esa suerte de enfermedad crónica que azota a la Isla sin miseria, a la manera de los ciclones más recalcitrantes, solo retrocede ante el arribo de fechas redondas, cuando la manía del homenaje, otro síndrome no menos poderoso dentro del archipiélago, nos arrastra de modo irrevocable hacia aquellos que, pacientemente, han esperado que le toquen a sus puertas. Ochenta años ha debido esperar Rosa Fornés, la Vedette de Cuba, para que los ejecutivos de las disqueras nacionales recuerden su presencia, apresurándose a registrar en formato digital varias de sus grabaciones. Mujer incombustible, representante casi última de una estirpe que contra tantos obstáculos ha logrado pervivir y descansa ya en el engañoso diván de las glorias patrias, Rosalía Palet Bonavía ha ofrecido algunas de sus mejores fotos para ilustrar la portada de esos CDs, que un tanto a destiempo, tratan de imaginar un puente de memoria para alcanzar ese territorio donde ella, pese a todo, aún nos deslumbra.

La Fornés es uno de los más polémicos mitos de la cultura nacional. Tal vez el hecho mismo de que ella sea una asombrosa sobreviviente, y permanezca radicada en la Isla, que no en México o Miami, la convierte en un rarísimo diamante. Tiene a su favor varias leyendas doradas: su belleza, su versatilidad, su profesionalismo a prueba de balas, su ansia por seguir siendo reconocida a través de los aplausos que le prodigan no solo los gays sino un público que ha puesto flores a sus pies durante décadas; así como varias aureolas de negrura: su enemistad con los directivos del ICAIC en una época en que Alfredo Guevara le negó la posibilidad de retratar su rostro, su descalabrada visita a la capital de la Florida a inicios del milenio, su disposición ciega a trabajar bajo las órdenes de directores y orquestadores de baja categoría, que la mantuvieron bailando mambo, can can y yeyé cuando su edad no le regalaba la agilidad que exigen esos trotes. Su Cita con Rosita, un espacio televisivo que pasó por los horarios más insólitos en la década del ochenta, llegó a convertirse en una especie de martirio donde la diva repetía su repertorio en los sets más inesperados: desde el Morro hasta Coppelia la vieron doblar sus playbacks hasta que ya no se pudo más. Era tan visible, tan popular, que acabó convirtiéndose en el blanco de bromas crueles. Mi generación, irreverente, fabulaba sobre su edad y sus míticas cirugías plásticas; del mismo modo en que consideraba dinosaurios del canto a Esther Borja o Moraima Secada. Hoy, bajo los aires de un país que ha hecho de una forma de la nostalgia su principal mercancía de exportación, aprendemos a oír la sutil voz de la Dama de la Tarde, o nos maravillamos ante la recreación del filing que siempre supo hacer la dueña de Perdóname conciencia. Dos nuevas producciones discográficas vienen a recordarnos la voz y el carisma de la Fornés: es el más reciente estado de una trayectoria de vuelta que la vedette, aquella joven que debutara a inicios de los cuarenta actuando en El asombro de Damasco, se ha permitido para mostrarnos la fe de su propia vitalidad.

Quien desee tener una imagen real de la Fornés hoy día, debiera remitirse al documental Mis tres vidas, que dirigiera en 1996 Luis Orlando Deulofeu. La proyección de este testimonio, acompañando unas funciones que Rosa, a manera de concierto, ha hecho recientemente en la sala Hubert de Blanck, donde quería actuar alguna vez antes de morirse, como dijo; la muestra no solo repasando su vida con inteligencia y sin resentimientos, sino a través de una belleza madura, de un juego de humor que la desempolva cuando se ríe de sí misma y las célebres cirugías auténticas o atribuidas. Ella se sabe un Mito, alguien que ha rondado el espacio que durante mucho tiempo fue propiedad exclusiva de Rita Montaner o Benny Moré. Compararla con ellos es ridículo: la muerte diviniza de un modo que la vida aún no puede igualar. La actriz y cantante lo sabe, por eso habla de sí y no se extravía en escalas de presunta vanidad. Todos los que la conocen saben que Rosa, manías de estrella aparte, es una mujer humilde cuando habla de sí, dispuesta siempre a celebrar el talento ajeno. Prueba de ello es lo que nos dice a través de las páginas del volumen que Evelio Ruiz Mora preparó sobre ella: otro ejemplo infortunado de cómo su anhelo por revelársenos la pone en manos no siempre sabias: el libro (Rosita Fornés, Editorial Letras Cubanas, 2001) es un dechado de memorias, pero también de un tono cursi que harían palidecer al mismísimo Orlando Quiroga. El autor, a manera de los peores biógrafos, no se limita a recoger con delicadeza sus opiniones; añade las suyas propias y las corona con frases que reverdecen el vocabulario de Félix B. Caignet. Vayan un par de ejemplos, que seguramente divertirán a mi amigo José Quiroga: “A sus espaldas, el chorro de luz blanca resalta su hermosa figura de cariátide besada”, “Se recuesta, acomoda las piernas sobre el tapizado rojo y coloca su mano derecha bajo su cabellera. Es la Maja de Goya. Sí, una maja rubia.” En otros momentos, el entrevistador la retrata “nacarada y de perfil”, o se detiene ante “su rostro, de paloma desatada”. Que me expliquen, por favor, la última metáfora.

Pese a ello, la Rosa del libro es auténtica, y no para mientes en contar anécdotas de lujo, como la del cake que le regalaron en Guanabacoa unos sencillos panaderos, o la de verse a sí misma haciendo trueques por los campos cubanos en las frágiles economías de los sesenta; al tiempo que rememora a Lecuona, Guzmán, Pinelli, Mario Moreno o, claro está, Medel y Bianchi. Su talento, como el de la Primera Vedette de Cuba, la no siempre recordada María de los Ángeles Santana, a la cual dedicó un trabajo más riguroso Ramón Fajardo Estrada en su voluminoso libro; ha sobrepasado cualquier contingencia. Valga recordarla en dos de sus mejores interpretaciones: Se permuta y Papeles secundarios, filmes donde puede comprobarse qué más hubiera logrado extraerse de talento tan genuino, de no habérsele ignorado durante demasiado tiempo.

En el 2004, a raíz de la llegada a su octava década, la EGREM decidió rescatar en un CD doble una selección de sus muchísimas grabaciones. Canciones de ayer y de siempre, a falta de un título más original, se llamó la colección. En la portada y contraportada del disco, Rosa muestra su célebre belleza, preservada por las fotos de Armand. En la superficie de los discos, sin embargo, muestra su rostro de hoy, lo cual desentona francamente con el tono nostálgico de estas grabaciones de archivo, en las que faltan varios de sus caballos de batalla. Resulta francamente impensable organizar una antología dedicada a ella donde no se hayan recopilado temas como Cuéntale, Llorando en la capilla, La chica ye yé o Sin un reproche; sobre todo pensando en que hay ya más de una generación que desconoce esos temas en un formato más contemporáneo.

Acaso a manera de consuelo, el fanático podrá encontrar aquí temas como Un ramo de rosas, Nadita de nada, Juguete, Noche de ronda o No me cambies. Compuestos, entre otros, por Pal Latorre y José Sola, Eddy Gaytán, Bobby Capó o el inefable D.R, ese autor escurridizo del cual Rosa canta aquí un filoso No me cambies, que emula entre las mejores interpretaciones rescatadas: Magia de amor, de Guzmán, claro, entre ellas. Las desenfrenadas versiones de María la O y Siboney entran en ese campo que harán las delicias de un segmento del público que se arrobará ante el modo tan inesperado en que Rosa mezcla ecos roqueros y orquestaciones tradicionales: una suerte de premonición de su Aquellos ojos verdes, que cantara para los créditos de Papeles secundarios, bajo la guía de Mario Daly. Las notas del disco dicen mucho y dicen nada: pasan la vista sobre su trayectoria pero son tan insulsas como el nombre mismo de la antología; algo que Rosa no debiera merecer.

Parece ser que el disco, sin embargo, motivó el resurgir de esa memoria que tanto nos falta, y ahora mismo la Fornés puede enorgullecerse con un nuevo empeño y además, un DVD acerca de su carrera –que el cubano de a pie, recuérdelo, difícilmente podrá comprar. El sello Abdala, dirigido por Silvio Rodríguez, ha lanzado Rosa del tiempo, donde la artista, dispuesta a verse a sí misma en un espejo completamente actual, canta a sus ochenta y dos años temas conocidos y nuevos. El resultado es mediano, sin llegar a mediocre ni espectacular. Los arreglos de Pucho López son acertados en algunos casos, infelices en otros. Edesio Alejandro le rinde tributo a la diva creando para ella y cantando con ella Sobrevivir, con otras metáforas de dudosa credibilidad (“hay lluvia en tu piel”, “sentí que bajaba una montaña rusa”, “hagamos un carrusel para girar juntos”), pero de acento sincero. El otro dúo, el que interpreta la memorable Ana de Glavary con su hija Rosa María Medel, es otro momento débil del proyecto: llegan a desafinar. De su reapropiación de Te amaré, composición del propio Silvio, o Para vivir, de Pablo Milanés, me callo los comentarios. Salvan la

 

dignidad, sin embargo, nuevas interpretaciones de ese himno de puro kitsch que se llama El comediante, de José Antonio Quesada: una imagen que la Fornés reinventa a su medida. Su histrionismo la guía a través de Balada para un loco, de Ferrer y Piazzolla. Aquí está, al fin, su Cuéntale, con unos coros de terror, francamente innecesarios. Y Quién es, quién es, de Olga Navarro. Mi oído prefiere oírla en temas como A que no te vas (otra vez el huidizo D. R), en la meditación de una sobria balada que se titula Tiempo, y en esa canción de Meme Solís que es su mejor joya: Sin un reproche. El arreglo de Pucho López se aviene como guante a la mano cuando recupera el melodramatismo genuino de esa obra que Rosa canta como nadie: si las emisoras de radio de este país funcionaran como deben, el tema volvería a ser un hit. En la presentación del ya aludido libro que sobre María de los Angeles Santana escribió uno de los más cuidadosos investigadores de nuestro medio, Rosa intervino y cantó esta pieza: el público, por encima de la incomodidad que trataba en vano de echar a perder una tarde memorable, coreó las estrofas. Y así descubrí una canción imprescindible.

Para mí, Rosa Fornés será siempre La viuda alegre. La oí cantar fragmentos de La verbena de la paloma en un recital que colmó el Teatro Mella. La recuerdo en tantos Teatros ICR (en Delito en la isla de las cabras, por ejemplo, con Margarita Balboa y Raúl Selis). En mi niñez, la descubrí cantando El gato andaluz. Y cómo no, gozosamente travestida para interpretar El Pichi. Todavía está por los escenarios de Cuba esta mujer, con sus premios y pérdidas, con sus éxitos y fracasos. Como afirmó de sí misma en una famosa anécdota, ripostándole a un funcionario de los 60 que no veía en su persona más que la encarnación de la frivolidad, ella siempre será Rosa Fornés. “Yo puedo venir mañana mismo vestida con ropas de cortar caña, y seguiré siendo Rosita Fornés. Yo, hasta en harapos, seré siempre Rosita Fornés.” Esa fe en sí misma borra cualquier diferencia, cualquier eco de anacronismo. En ese cardinal de la memoria que la sostiene como un pilar seguro, estará siempre recordada. Estos discos, aún a destiempo, nos la devuelven. Fresca y olorosa. Como el primer día. Para esa rosa de todas las mañanas, vaya desde aquí mi tributo. Mi memoria en forma de un largo y caricioso aplauso.

 































 
 
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